¿Sellos nuevos o sellos usados?

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En el siglo XIX, a medida que fueron proliferando los sellos en todos los países, surgieron diversos criterios sobre el modo de coleccionarlos, siempre dentro de lo que hoy llamamos “filatelia tradicional”, que la mayoría de las veces era la actividad del “junta sellos” por países, siguiendo un orden más o menos cronológico.

En aquellos tiempos era una quimera el coleccionar los sellos en nuevo: no existía el filoestuche, ni el clasificador, sino que en unas libretas o en láminas encuadernadas “ad hoc” se pegaban los ejemplares que se iban consiguiendo, las más veces adheridos con la terrible “goma arábiga” (terrible para el sello, que quedaba inseparablemente unido a la lámina de por vida con un goterón que se ponía duro como una piedra), y otras veces con un trozo de borde de hoja engomada, que se pegaba como si fuera una charnela.

Cuando el sello cambiaba de manos se iban pegando otros fragmentos de estos, quedando el reverso del sello como una verbena. Este tratamiento, unido a que no existía el concepto de manipular el sello con las pinzas, sino con la uña, da una idea de por qué muchos sellos han llegado a nuestros días en un estado lamentable.

Además de todo esto, los sellos tenían mejor consideración en usado que en nuevo para el aficionado. Decían aquellos coleccionistas pioneros que el sello usado lleva el marchamo de autenticidad que supone el haber circulado. El sello nuevo podría ser la obra de cualquier falsario de los muchos que ya había. Pero es que, además, el sello era por definición y por finalidad un signo de franqueo, sólo había sellos de series básicas, con la imagen del jefe de estado correspondiente, u otro símbolo patrio, y nadie los compraba para colocarlos en un álbum. Para remate, por este mismo concepto utilitarista del sello, los que sobraban en nuevo no eran vendidos, sino inutilizados (borrados, o destruidos físicamente). Por todo ello, el sello clásico en nuevo es muy escaso, y como tal, más valioso que el usado.

Proliferó a principios del s. XX el sello conmemorativo, y con él dos tendencias: la aparición de emisiones especulativas, dirigidas al coleccionista más que al franqueo, y el gusto por coleccionar sellos hermosos en su belleza original, en nuevo.

A partir de aquí, el sello en nuevo pasó a ser el preferido y más valorado por los coleccionistas, y como tal, el más demandado y el más caro en el mercado. Esto ha evolucionado hasta la actual situación de la Filatelia en España: se emiten muchos sellos destinados al coleccionista, y muy pocos destinados al tráfico postal.

Los sellos nuevos sobran, pues sus emisiones exceden de la demanda de los abonados al Servicio Filatélico, fuera del cual, hay poca vida. Y apenas se dispone de sellos en las oficinas de correos y estancos: alguna serie básica, algún carnet y poco más.

Si tenemos que valorar el sello según el criterio de la rareza, o el de su escasez al menos, deberíamos plantearnos si no está desfasada la idea de que el sello nuevo es más valioso que el usado. De hecho, en las últimas ediciones de los catálogos de sellos de España aparece con similar valor el sello nuevo y el usado.

Lo lógico sería que el sello usado llegue a tener un mayor valor que el sello nuevo, máxime si vemos lo difícil que es obtener uno solo de ellos, circulado “no de favor”, naturalmente.

Para calibrar esta dificultad podemos seguir un criterio de eliminación: 95 cartas de cada 100 (siendo muy generosos) circulan sin sello: son franqueos pagados, o están cursadas por entidades colaboradoras de correos, o llevan el antiestético signo de “franqueo pagado en oficina”. Las cinco cartas restantes llevan un sello (raramente dos o más). De estos cinco sellos, cuatro proceden de los carnets que tiene Correos en sus oficinas a disposición del público, hasta que se agotan, mucho antes de fin de año. Olvidaba decir que muchas oficinas de Correos no ofrecen jamás los sellos a no ser que alguien se los demande, normalmente empresas que franquean su correspondencia con ellos.

Por tanto, cuatro de los cinco sellos son siempre el mismo, o como mucho, hay una probabilidad de que se trate de alguno de los ocho ejemplares de un carnet determinado. Entonces, para todos los otros sellos que se emiten queda una posibilidad entre 100. Aquí entran todos los sellos de dentado real (no troquelado en un carnet), los de tarifas de correo certificado, u otro que excede de la tarifa ordinaria de carta simple, las hojitas, los dípticos, trípticos… casi todo lo que se emite para los coleccionistas, en suma.

Este sello tan especial tiene muchas probabilidades de no valer para ser coleccionado: puede haber sido “matado” a bolígrafo, puede haber sido pegado deficientemente y tener dobleces, puede estar todo emborronado al haber sido aplicado encima el signo de “franqueo pagado en oficina”, porque los señores funcionarios no saben que eso no es un matasellos, o no debería usarse como tal, puede que el sello haya sido separado del resto deficientemente y que tenga los dientes rotos.

Si el sello supera todo este marasmo de circunstancias que lo minusvaloran, es fácil (demasiado) que la carta vaya a parar a una persona a quien no le interesa la Filatelia, que la abrirá y tirará el sobre con el sello a la papelera. Por tanto, podemos ser optimistas afirmando que de cada 100 cartas, 0,01 llevará un sello usado en condiciones que pasará a una colección.

Dentro de unos años, si nuestra afición sobrevive, los catálogos recogerán el valor del sello usado de España con un valor muy superior al del nuevo, del cual habrá pliegos enteros por vender. Y si es un sello conservado en carta, ésta será una pieza digna de un estudio de historia postal. Podemos imaginar las descripciones de los catálogos de subastas ensalzando las piezas en puja: “rara composición”, “única pieza circulada conocida”, “escaso en pareja”, “matasellos muy limpio”, etc. No tenemos más que ver la diferencia entre el valor de los sellos de Correo Carlistas circulados y los nuevos para entender esta idea.


Todo lo que hasta aquí he expuesto pudiera hacernos sonreír, como una curiosidad más. Pero tiene un trasfondo muy triste: si no hay sellos usados, cada vez será la nuestra una afición más marginal, menos conocida y menos seguida. No habrá interés en los jóvenes por lo que no conocen ni ven, a no ser que se lo metamos por los ojos de un modo artificioso. Y por encima de todo, el sello de España no será un signo de franqueo, sino un cromo que a veces pegamos a una carta los que tenemos costumbre de escribir a otros “iluminados” por la Filatelia, detalle que, por cierto, últimamente no se prodiga mucho.

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